David Jou
Físico. Poeta
Foto: Pete Linforth en Pixabay
Fecha de publicación: 12 de enero de 2026
En las épocas en las que predominan las emociones sobre la razón, parece que la esperanza sea decisiva en la acción. En épocas en las que predomina la razón, el deber adquiere una fuerza comparable a la de la esperanza. «No hace falta esperanza para emprender», decía el lema de uno de los Duques de Borgoña. En épocas de conflictos, miedos e incertidumbres, conviene hablar de esperanza sin olvidar hablar de deber. El sentido del deber lleva a actuar incluso en ausencia de esperanza, o más allá de toda esperanza. Pero en nuestra sociedad, desde hace décadas, se ha ido atacando, erosionando y ridiculizando el concepto de deber, con el pretexto de que solo importaban los derechos, lo que nos ha dejado a merced de las fluctuaciones de esperanzas y desesperanzas, a merced de la psicología de las emociones, entre ellas el miedo paralizador.
Las dimensiones de compromiso, de incondicionalidad y de autoexigencia son superiores en el deber que en la esperanza, y son quizás lo que necesitamos ahora, cuando las esperanzas inmediatas son pocas y cuando las perspectivas apuntan hacia poderes cada vez más autoritarios que nos llevan a caminos evidentemente equivocados: una carrera de armamento global, en detrimento de un esfuerzo de pacificación global y que absorbe cantidades inmensas de recursos que necesitaríamos en otros campos, contra el hambre, contra la corrupción, contra la desigualdad, por la salud, por la educación, por la vivienda, por el cuidado de la naturaleza. Los derechos humanos, el derecho internacional, las instituciones de alcance mundial, las libertades básicas son burladas, menospreciadas y debilitadas. El genocidio, el empleo y la insolidaridad son celebrados y defendidos por los poderosos. Contra todo ello, la resistencia y la rebelión son un deber, con o sin esperanza.
La religión propone deberes y esperanzas, profundidades personales y energías colectivas. Ciertas espiritualidades, en cambio, solo proponen esperanzas y refugio personal. Algunos ideales, como el del progreso, proponían grandes proyectos colectivos: mejoras tecnológicas y más justicia social, que suponían esperanzas, pero también deberes: formarse, informarse, participar, intervenir, votar. Tecnología sin justicia es perpetuación o incremento de la desigualdad, esperanzas sin compromisos son retórica y claudicación.
¿En qué fallan las esperanzas? En dos aspectos: la debilidad de su cimentación y la falta de realización de sus promesas. ¿Su fundamentación es tan solo psicológica, sociológica, o tiene una vertiente ontológica fuerte? ¿Su horizonte temporal es inmediato o a largo plazo? La psicología es versátil, lábil, laberíntica, proteiforme. La impaciencia debilita toda esperanza: sus exigencias a corto plazo son continuamente decepcionadas, amargamente se cansa de esperar, escépticamente se cansa de perseverar, desengañadamente se cansa de luchar. El contraste entre las promesas y las realizaciones puede ser disculpable si se detecta una buena voluntad de fondo, que se ve superada por las dificultades, pero resulta doloroso e intolerable cuando se advierte mala fe, obstáculos interesados, negligencias dolosas, provechos particulares. Las noticias de cada día, tanto por su realidad de fondo como por su sesgo por lo que más atraiga y enganche al destinatario, se han convertido en una fuente de desesperanza, escepticismo y nihilismo.
La tecnología ha sido una gran proveedora de esperanzas. Salud, luz, calor, confort, información, entretenimiento, comunicación, desplazamiento… En muchos aspectos, no ha decepcionado sino, por el contrario, ha sorprendido con aportaciones inesperadas, aunque sus ritmos han sido a menudo inconvenientes, a veces demasiado lentos (sobre todo en medicamentos) y otras demasiado rápidos (sobre todo en informática y robótica). En otros aspectos, nos ha puesto en un mundo más complejo, más peligroso: armamentos biológicos, químicos, nucleares, informáticos, control, espionaje, desechos sólidos, gases de efecto invernadero… La decepción por las esperanzas frustradas, la incomodidad con el alud de novedades impredecibles y complicadas, la desconexión entre la tecnología y el humanismo –es decir, una tecnología no muy atenta al servicio, a la sensibilidad y a las necesidades humanas– y la falta de los elementos de solidaridad y mejora han roto los ideales de progreso.
Un problema conceptual de la tecnología es proponerse como única procuradora de esperanzas; pero cualquier época, sin necesidad de más tecnología de la que tenía, habría sido humanamente más plena y menos dolorosa si hubiera habido más justicia y respeto. Las esperanzas que nos ofrece la tecnología tampoco cubren la amplitud de nuestras necesidades íntimas: cariño, comprensión, reconocimiento, calor grupal… Estas cuestiones son temas de humanismo y religión, y no de ciencia ni de tecnología. Por otra parte, ¿qué esperanzas valen realmente la pena, y cuáles son ingenuas, engañosas, narcisistas, caprichosas, superfluas?
He sugerido que conviene equilibrar la atención que dedicamos a los deberes y esperanzas, en lugar de mantener el tema de los deberes fuera del discurso cultural y del horizonte mental. Pero es necesario mantener un espíritu tan crítico con los deberes como con las esperanzas. ¿Quién nos los impone? ¿Quién se beneficia? ¿Qué grado de sacrificio nos piden? ¿Con qué medios debemos llevarlos a cabo? ¿Con qué estrategias? ¿Con qué grado de discreción y prudencia? ¿Con qué grado de fuerza o violencia? Podemos pensar en el imperativo categórico kantiano o en el mandamiento evangélico de amor (respecto, por ser más realistas) a los demás. La envergadura de los deberes, asumidos libremente, nos hace más grandes y resistentes, nos hace participar en un ámbito mayor que nosotros, mayor en el tiempo y mayor en el alcance humano. Aunque los beneficiarios puedan ser otros también somos nosotros mismos, salvo que lo que queramos sea imponer a los demás unos deberes que nos favorecen y de los que nosotros nos consideramos dispensados.
¿Qué clase de declaración de los deberes humanos podría complementar la de los derechos humanos? ¿Con qué deberes universales estaríamos de acuerdo? ¿Qué tipos de deberes nos harían crecer y qué tipos de deberes nos empequeñecerían y esclavizarían? ¿A qué esperanzas servirían los deberes? ¿Hasta qué punto nuestros derechos forman parte de nuestras esperanzas? ¿Hasta qué punto dilapidamos en honduras más o menos banales nuestra capacidad de ser seres con esperanza y prescindimos de las grandes esperanzas a las que nos invitaban las llamadas ‘grandes narrativas’ de las que tan alegremente hemos decidido prescindir?
Este artículo fue publicado en la revista RE número 124, octubre del 2025
