Pere Reixach
Especializado en Estudios del Pensamiento y Estudios Sociales y Culturales
Foto: lecreusois (Pixabay)
Fecha de publicación: 9 de febrero de 2026
La actual política se ha convertido en un espacio de tensión permanente. Todo parece provisional, crispado y reactivo. El debate no construye: desgasta. Y, sin embargo, seguimos hablando como si el problema fuera solo de liderazgos, programas o estrategia. Quizás nos equivocamos de nivel. Quizá lo agotado no sea tanto la política como los relatos que la sostienen.
Ninguna sociedad funciona sin mitos. Cuando estos faltan o se degradan, el conflicto no desaparece: se vuelve estéril. Hoy estamos atrapados en unos arquetipos pobres y destructivos que se repiten con una preocupante monotonía. El héroe que promete salvarlo solo. El enemigo absoluto que concentra todos los males. La caída inevitable que justifica cualquier exceso. Son mitos simples, pero muy efectivos emocionalmente. El problema no es que estos arquetipos existan, sino que no tengamos otros. Cuando el imaginario colectivo se empobrece, la política se reduce a una lucha de reflejos. Y una sociedad que solo sabe reaccionar acaba rompiéndose.
Quizás ha llegado el momento de recuperar arquetipos menos espectaculares, pero más fecundos. No para imponerlos, sino para devolverlos pensables.
Un primer arquetipo olvidado es el del mediador. No el del traidor ni el del ambiguo, sino el del que sabe habitar el conflicto sin convertirlo en guerra. El mediador no elimina la tensión, pero la transforma. En un tiempo que solo premia la contundencia, recuperar ese arquetipo sería ya un gesto subversivo.
Un segundo arquetipo necesario es el del constructor. No el visionario que promete futuros absolutos, sino el que poco a poco levanta, con materiales imperfectos. Este mito no moviliza grandes pasiones, pero sostiene a las sociedades. Sin él, toda política acaba siendo incendiaria o decorativa.
También necesitamos rescatar el arquetipo del límite. Vivimos bajo mitos de expansión continua: mayor crecimiento, mayor identidad, mayor velocidad, mayor control. Pero ninguna comunidad sobrevive sin aceptar que no todo es posible ni deseable. El límite no es renuncia: es forma. Y sin forma, no existe mundo habitable.
Finalmente, es necesario volver a dar lugar al arquetipo del retorno. No del retorno nostálgico a un pasado idealizado, sino del retorno como revisión, como corrección de rumbo. Aceptar que equivocarse forma parte del camino colectivo es quizás el acto político más maduro que podemos hacer hoy.
Ninguno de estos arquetipos garantiza el éxito. Ninguno ofrece salvaciones rápidas. Pero todos comparten una virtud rara en el presente: no necesitan destruir al otro para existir. No dividen al mundo entre puros e impuros. No exigen adhesiones incondicionales.
Quizás la salida de la situación convulsa que vivimos no vendrá de un nuevo programa ni de un nuevo líder, sino de un cambio más profundo: pasar de mitos de combate a mitos de convivencia. No por ingenuidad, sino por supervivencia.
Una política que necesita enemigos para existir puede ganar elecciones, pero acaba perdiendo al país.
Artículo publicado en el Diari de Girona el 19 de enero de 2026
