Javier Bustamante Enríquez
Poeta
Foto: Javier Bustamante
Fecha de publicación: 9 de marzo de 2026
El tiempo libre no es aquel de sobras que enseguida lo llenamos con nuevos compromisos o con actividades de ocio. El tiempo libre es el que nos permite sentirnos libres. Esto nos lleva a preguntarnos qué es la libertad para mí. Porque la libertad, más allá de un concepto universal, muchas veces abstracto, es una vivencia personal muy concreta. ¿Cómo encarno yo la libertad? ¿De qué manera me siento libre?
Respirando en medio de estas preguntas, podemos darnos cuenta que libertad tiene que ver con identidad. Cabría, pues, cuestionarnos: ¿de qué manera me siento yo mismo, yo misma? Es cierto, todas y todos somos humanos. Tenemos muchas cosas en común y eso nos da una identidad como especie. Pero, cada quien encarnamos la humanidad de forma singular, única. Y eso tiene que ver con todas las condiciones que nos han traído a la vida: la familia en que hemos nacido, la cultura a la que pertenecemos, el momento histórico, nuestra propia biología… Identidad única que se sigue conformando durante nuestro crecimiento y la capacidad de consciencia que vamos desarrollando sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea.
A medida que voy siendo más consciente de mi condición, voy descubriendo y viviendo más auténticamente mi identidad. Esto me hace ser una persona libre, desde la certeza de ser único. Y, por qué no: desde la gratitud de ser esta persona que soy, con una única oportunidad de vivir. A partir de aquí, todo el tiempo que vivo es tiempo libre, porque estoy siendo yo mismo en él.
Cuando uno encuentra algo que vale mucho, deja de golpe o paulatinamente otras cosas para dedicarse o centrarse en ello. Es como una moción interior o una necesidad vital. Liberar tiempo de cosas que, de pronto, adquieren la categoría de innecesarias para poner ese tiempo donde se es más feliz. Porque libertad tiene que ver con felicidad también. Y esto que ‘vale mucho’ puede ser cualquier cosa en realidad. Porque cualquier cosa es oportunidad de encuentro con la vida, de crecimiento, de liberación.
Y no es una cuestión de egoísmo, sino de humanidad. Hace tiempo corría un concepto que se hacía llamar ‘glocal’ y venía a referirse: piensa o siente globalmente y actúa localmente. Creo que es una visión cargada de realismo. Las personas solo podemos actuar, encarnar, de manera local. Es decir: en uno mismo y en lo que está en nuestro entorno inmediato. Pero las distintas realidades están todas ellas conectadas y lo que parece local es una versión concreta del todo global. Actuando en mí y en mi pequeña parcela, estoy modificando el todo.
Si quiero influir en la política mundial porque me parece que es antihumana, tengo que hacerlo en primera instancia en mi política personal. Cómo soy yo conmigo mismo y en mi entorno inmediato. Quizás soy injusto con las personas que convivo, hago uso de ellas, contamino mis relaciones, maltrato los objetos que me dan un servicio cotidianamente y los hago desechables. Un largo etcétera que compone mi mapa vital y donde puedo convertirme en un pequeño tirano.
Liberar mi tiempo y mi espacio pasa por aligerarlo, quitarle pesos innecesarios, redimensionarlo humanamente, sin ambición. Esto trae consigo también liberar mis relaciones con las personas, con las estructuras sociales, con el ecosistema. Liberar es un movimiento que parte de mí, no puede venir de fuera. Y no es una idea o un curso, nace de la vivencia propia, de la actitud constante. Cuando libero mis relaciones, no es que yo ejerza algún tipo de influencia en las demás personas, es que libero de prejuicios y de expectativas la manera en que soy y estoy con los demás y la manera que deseo que las demás personas sean y estén conmigo.
Concluyo esta reflexión con un fragmento de canción del cubano Silvio Rodríguez: «La libertad solo es visible para quien la labra». Y es eso, la libertad se experimenta en primera persona, ya sea del singular o del plural. Mi libertad es nuestra libertad en la medida en que la trabajamos: se crea y se conserva.
