August Corominas
Médico y fisiólogo
Foto: congerdesign (Pixabay)
Fecha de publicación: 9 de febrero de 2026
En cualquier conflicto bélico, existen dos frentes: el de batalla, con bombas, drones y metralla; y el de la retaguardia, que actúa de forma silenciosa y devastadora. En este segundo escenario, el hambre, la sed, la oscuridad y la desmoralización son utilizadas como armas para destruir la resistencia de un pueblo.
En Gaza, esta estrategia es dramáticamente evidente. El ejército israelí no solo ha atacado infraestructuras civiles como hospitales, escuelas o viviendas, sino que ha impedido deliberadamente la entrada de alimentos, agua y energía. Unos cien mil niños palestinos se encuentran hoy en grave riesgo de desnutrición. Es un genocidio por inanición. Morir de hambre o morir de un impacto: este es el dilema infernal que sufre la población atrapada.
El hambre es un arma de destrucción lenta pero implacable. La desnutrición aguda se presenta de forma repentina, a menudo asociada a situaciones de emergencia, como guerras, desastres naturales o bloqueos económicos. Produce pérdida acelerada de peso, debilidad extrema, problemas digestivos y alto riesgo de infecciones por falta de defensas. En niños, el hambre crónica comporta trastornos irreversibles en el crecimiento físico y cognitivo. En adultos puede causar problemas cardíacos, respiratorios e inmunológicos, con riesgo final de muerte.
En la historia reciente, conocemos casos extremos de resistencia frente al hambre: el alcalde de Cork (Irlanda), en huelga de hambre por motivos políticos, sobrevivió setenta y cuatro días solo con agua. Pero la mayoría de las víctimas del hambre no eligen: son civiles atrapados por estrategias inhumanas.
El hambre no es solo un problema médico: es una cuestión ética y geopolítica. Utilizarla como arma es una flagrante violación del derecho internacional humanitario. Es una forma lenta de exterminio, un crimen de guerra, y la comunidad internacional no puede mirar hacia otro lado.
Mientras, el planeta se hunde en un desbarajuste ecológico y moral. La biosfera también sufre de forma creciente. El deshielo en la Antártida y Groenlandia nos recuerda que la naturaleza también protesta. Son signos de una humanidad que ha perdido el rumbo, depredadora de los ecosistemas presentes y futuros.
No puede haber paz sin justicia alimenticia. No puede haber humanidad mientras un solo niño muera de hambre como consecuencia deliberada de un conflicto. Ante esta tragedia, el silencio no es neutralidad: es complicidad.
