Poner nombre a los resentimientos

Anna-Bel Carbonell Rios
Educadora social
Foto: Pixabay
Fecha de publicación: 17 de enero de 2023

El resentimiento, también dicho rencor, es la sensación persistente en una persona después de sufrir una acción que considera ofensiva. Esta sensación perdura en el tiempo y reaparece cada vez que vuelve el recuerdo de dicha acción imposibilitando cualquier relación con el ofensor.

Así pues, se genera una permanente hostilidad y un sentimiento profundamente negativo, que sólo puede borrarse a través del perdón. Sin embargo, no todo el mundo quiere o puede perdonar, y menos sin haber hecho un proceso previo de elaboración del relato de lo ocurrido, aunque los motivos sean inadmisibles.

Las causas del resentimiento las encontramos en la no aceptación de lo que sucedió sin buscar más porqués de los necesarios; en la inmadurez personal que se nos desvela al sentirnos perdedores y/o atacados y engañados por quien creíamos compañero y amigo; en una baja autoestima generada por la inseguridad que aflora al sabernos despreciados; en la incapacidad de desenmascarar el disfraz del falso poder interior que impide curar las heridas abiertas…

El pasado no se puede cambiar, no podemos volver atrás, la vida -por bien o por mal- siempre avanza, en el tiempo de hacer o pensar algo que ya ha pasado… hay que perdonar.

Quien más quien menos ha sufrido a lo largo de la vida situaciones en las que nos hemos sentido víctimas de la injusticia, como consecuencia de actos de personas, de instituciones… Y nuestra primera reacción ha sido de rabia y desear enfrentarnos, de deshacer la situación a través de la lucha, o de devolver lo que nos habían hecho. Y aquí surge nuestro resentimiento, de una forma totalmente natural. Pero ese sentimiento tan ‘natural’ tiene una cierta tendencia a quedarse como compañero de viaje si no hacemos nada, y esta compañía nos traerá problemas, dolores de cabeza e, incluso, nos puede hacer sufrir trastornos muy serios.

¿Y por qué dejamos que nos acompañe? Principalmente nos cuesta aceptar lo sucedido, y aquí entra en consideración nuestra opinión (basada en valores, principios…) enfrentada a la cruda simplicidad de los hechos. Tenemos cierta tendencia a vestir los hechos con nuestras opiniones, generando una percepción de la realidad absolutamente sesgada. Y para nosotros toma un vuelo de absoluta verdad (en cierto modo para compensar una autoestima baja), lo vamos reforzando cada vez más y seguimos intentando revertir una situación que, por el mero hecho de ocurrir en un tiempo pasado, es absolutamente irreversible.

Nuestra correcta respuesta a la situación de frustración pasaría por una plena aceptación de los hechos, ser conscientes de que podemos superar cualquier cosa que nos suceda (con o sin ayuda) y, por tanto, ejercitar de manera consciente y auténtica la acción del perdón, que debe ir mucho más allá de una fórmula gastada por el uso reiterado de la fórmula verbal, tantas veces vacía de significado.

Después de esta reflexión, pienso en situaciones y circunstancias en las que la aplicación del perdón a priori parece imposible cuando absoluta las heridas son muy profundas y el acto de restaurar una situación que hace que nos sintamos agredidos física o psíquicamente requiere un conjunto de pasos no siempre fáciles. Silencio para escuchar nuestro herido interior, para serenarnos y encontrar de nuevo el equilibrio perdido. Poner nombre a nuestros sentimientos, a cada emoción, a cada dolor, para no seguir malviviendo enojados con el mundo y con nosotros mismos. Sanar las heridas, el sufrimiento y crecer. Perdonar, partiendo del hecho de que no significa olvidar, es reconciliarse con cada situación, con la propia historia personal, es serenar sentimientos, volver a confiar en el ser humano.

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