Reseña 258 Sopar Hora Europea
Fotografía: Esther Borrego
Fecha de publicación: 9 de marzo de 2026
El jueves 19 de febrero, el Ámbito Maria Corral celebró el 258 Sopar Hora Europea para tratar el tema de La equidad, un gran reto. El presidente del Ámbito, Josep M. Forcada, dio la bienvenida a los asistentes y presentó a Ignasi Batlle, moderador de la Cena.
La primera intervención fue a cargo de la directora del Centro de Estudios Alfred Rubio, Gemma Manau, que hizo referencia a la reflexión y difusión que se hace, desde hace años, tanto desde el Ámbito como desde la Universitas Albertiana, de la contribución del Realismo Existencial en la construcción de una convivencia más equitativa. Explicó que, durante el curso 2023-2024, el Centro de Estudios organizó un seminario sobre Realismo Existencial dirigido por el profesor Francesc Torralba, en que se abordaron algunos de los principales retos para lograr una convivencia más pacífica: desarmar la historia, la lucha identitaria, un nuevo paradigma en las gobernanzas, las desigualdades del mundo y finalmente una ética global para un mundo global. En el I Congreso de Realismo Existencial, celebrado el mes de noviembre de 2025, se trabajó el tema de los Fundamentos para una equidad, con el objetivo de consolidar una sociedad sólida y pacífica.
La desigualdad es una manera patológica de vivir socialmente la diversidad, mientras que la manera saludable de vivirla es la inclusión. Una sociedad fundamentada en la equidad seria aquella que se estructurara de forma que permitiera una vida humana gozosa, un pleno ejercicio de los derechos, pero también de los deberes que tenemos por el hecho de existir. Esto comporta buscar respuestas sociales y asumir responsabilidades compartidas. Somos ontológicamente dependientes de la existencia de otros, y antropológicamente somos seres necesitados. Por eso no es posible dar respuestas desde la individualidad. Somos seres vulnerables, y la vulnerabilidad pide un cuidado, que reclama aprecio, ternura, delicadeza, compasión, solidaridad, que se manifiesta en todas las dimensiones del ser humano. El inicio de toda vida humana es inviable si no es tratada con cuidado y es cuidada. Si el ser humano es vulnerable, quiere decir que al mismo tiempo puede ser vulnerado y por tanto que yo puedo vulnerar al otro.
La cultura del rechazo expulsa a millones de personas del bienestar, atentando contra su dignidad, o se desestiman determinadas cosmovisiones. Somos seres interdependientes. Mi existencia está vinculada a los que existieron antes que yo, sin ellos yo no sería, y a los que existirán después de mí, de los que yo seré concausa de su existencia. Toda iniciativa que genere comunidad contribuirá a prevenir o, en cierta medida, a paliar las desigualdades. A la vez, hay que promover una conciencia crítica a través de la educación, los espacios de diálogo, la reflexión, tiempo de silencio y contemplación. Por lo tanto, la desigualdad nos lleva a plantearnos la cuestión de sentido, que está íntimamente relacionada con la cosmovisión que tengamos, es decir, a qué modelo de sociedad nos encaminamos, con qué valores y responsabilidad. Otro aspecto es el de la ética de la gratitud y la humildad que nos lleva a corresponsabilizarnos por el bien común. Concluyó afirmando que la esperanza no es una utopía, sino gestos concretos que anuncian vida. Surge del a cuidado, de la dignidad y se cultiva mediante acciones que anticipan el futuro actuando sobre las potencialidades del presente.
A continuación, la doctora en Filosofía, Alina Bello, hizo referencia al tema de la responsabilidad y corresponsabilidad, como uno de los elementos para lograr la equidad, y que ponen en el centro la relación con el otro. Citó Enmanuel Levinas, que en su libro Totalidad e Infinito, dice: «Esta relación entre el otro y yo, que brilla en su expresión, no acaba ni en el número ni en el concepto. El otro permanece infinitamente trascendente, infinitamente extranjero, pero su rostro, en el cual se produce su epifanía y que me grita, rompe con el mundo que puede sernos común y las virtualidades del cual se inscriben en nuestra naturaleza y que desarrollamos también por nuestra existencia».
La existencia del Otro rompe con nuestra naturaleza egoísta y con el mundo que pretendemos dominar mediante el conocimiento, colocándonos en un espacio de responsabilidad infinita. La existencia humana está ontológicamente vinculada a una antropología filosófica y social. Filosófica, porque la relación con el otro en todo momento es reflexiva, ética. Social, puesto que todo acto, por más individual que parezca, tiene inevitablemente repercusiones sociales. Por eso, es importante desarrollar procesos educativos que construyan y fortalezcan identidades sanas y colaborativas, además contribuyen a crear relatos de tolerancia y convivencia armoniosa entre los miembros de la sociedad, donde las diferencias se asumen como riqueza cultural y oportunidades de desarrollo humano, no como amenazas que vienen a profundizar las desigualdades sociales.
La acción educativa que se transmite en la interacción comunicativa de narrativas con respeto integrador de las diferencias individuales y culturales en la vida social. Lejos de empobrecer, aumenta el capital humano a través de una expansión cultural e intelectual que abre oportunidades, espacios de realización, reconocimiento y oportunidades que desalojan las desigualdades por la fuerza de la aceptación y valoración del diferente como novedad que me enriquece. Desde el reconocimiento del otro se favorece el cambio de la narrativa de odio por una narrativa de tolerancia, la interacción comunicativa que propicia el diálogo entre identidades que se reconocen en un proyecto común de construcción del espacio social, nos ayuda a ir avanzando en la construcción de un mundo más equitativo y justo para todos. Para acabar, citó las palabras de la filósofa Victòria Camps, de su libro La Sociedad de la desconfianza: «Más allá de las actitudes resignadas o autodestructivas, el imperativo moral nace de la creencia que los males se pueden combatir y se pueden evitar. Solo hay que preguntarse lo que está bien cuando las cosas se tuercen o tratar de encontrar cosas buenas, que también hay. Sin esta guía, solo permanecen la confusión y el ruido.»
La última aportación fue a cargo de Enric Madrigal, consultor en Transformación Empresarial con IA. Planteó que la tecnología nunca es simplemente un instrumento, ni es neutra. La tecnología no solo nos permite hacer cosas, también configura aquello que consideramos posible, deseable y real. Modela nuestras acciones, nuestras percepciones, nuestras relaciones y nuestra manera de entender el mundo.
Cada tecnología encarna una manera de revelar el mundo, de organizar el tiempo, el valor, la productividad, la relación con el cuerpo y con los otros. Aceptar una tecnología concreta no es simplemente aprender a utilizarla. Es aceptar, muchas veces sin darnos cuenta, una determinada manera de habitar la realidad y de construir, a través de ella, el mundo en que vivimos. Cuando se habla de tecnología y desigualdad, casi siempre se piensa en la brecha digital, en quien tiene acceso, quien dispone de dispositivos adecuados y quienes no, quienes saben utilizar las herramientas digitales básicas y quienes se quedan atrás. Hoy, no tener conexión es, en muchos contextos, quedar fuera de casi todo: del trabajo, de la información, de los servicios y de la participación pública. Se cree que, una vez resuelto el acceso, el problema estará solucionado. Pero integrarse en una tecnología dominante no es solo aprender a utilizarla, es en cierto modo asumir su manera de entender la realidad.
Otra brecha menos visible es la de los derechos digitales, porque estar conectado no es lo mismo que ser libre dentro del entorno digital. También está la grieta del poder, puesto que un número reducido de actores diseña las plataformas, entrena los algoritmos y establece qué es relevante, qué se prioriza, qué se muestra y qué se oculta. Por lo tanto, no solo accedemos a un entorno diseñado por otros, accedemos a un entorno que incorpora una visión del mundo que no todos hemos escogido. Una brecha nueva es la generacional. La IA está empezando a transformar el proceso mismo por el cual las personas aprenden y adquieren experiencia. Durante décadas, el desarrollo profesional seguía una lógica relativamente estable: se empezaba por tareas sencillas, repetitivas y poco visibles. Aquellas tareas no eran brillantes, pero eran formativas, permitían equivocarse, contrastar, mejorar. La IA no ha substituido a los expertos, ha empezado a substituir el primer paso para llegar a serlo.
La IA puede generar respuestas impecables, estructurar argumentos coherentes, sintetizar información compleja con una rapidez extraordinaria. Puede ofrecer opciones, pero no puede asumir el peso de la elección. El criterio no es acumulación de información, es capacidad de discernimiento. Se forma con tiempo, experiencia, error y responsabilidad. La IA no puede asumir consecuencias. Puede sugerir una estrategia, pero no puede cargar con el peso moral de sus efectos. La responsabilidad no se automatiza. Alguien tiene que decidir qué importa, qué límites se aceptan, qué riesgos se asumen, qué consecuencias son tolerables. Si nadie asume el papel de quien orienta, la lógica del sistema ocupará este vacío. Y cuando la responsabilidad se diluye, la autonomía también se debilita. Concluyó su intervención diciendo que la brecha definitiva no es a la máquina, sino que está en nosotros. La pregunta es qué tipo de mundo estamos consolidando a través de este sistema. Y si estamos dispuestos a asumir el papel que ninguna máquina no puede asumir, porque la inteligencia artificial continuará avanzando. La cuestión es si nosotros avanzaremos en conciencia y en responsabilidad al mismo ritmo.
Después se abrió el coloquio a los asistentes a la Cena que expusieron diferentes planteamientos y cuestiones que contribuyeron a seguir profundizando en el tema.







