Jordi Riera Romaní
Doctor en Pedagogía
Foto: Monika Schröder (Monika1607) a Pixabay
Fecha de publicación: 20 de abril de 2026
En contextos de altísima desesperación, tanto individuales como colectivos, siempre hablamos poco de los colectivos, es decir, ¿cuántas veces decimos: qué mundo dejaremos a nuestros hijos? Esta es una expresión muy desesperanzada y que no proyecta una coyuntura personal, sino una muy colectiva. Cuando decimos esto, estamos formulando con el lenguaje una crisis de esperanza respecto al porvenir. No podemos construir esperanza sin lenguaje. Necesitamos las palabras. Un perro tiene hambre. Un perro tiene miedo. Incluso un perro podría tener lo que podríamos mirar desde fuera como un atisbo de cariño. Pero un perro no puede tener esperanza y no puede articular, no tiene palabras para articular ni para poder ser perro esperanzado. No sé si se han encontrado con algún perro esperanzado, pero es que se nos hace difícil poder imaginar que, si no articula palabra, pueda hablar de esperanza.
El filósofo Paul Ricoeur dice que la palabra lenguaje es el medio por el que articulamos el tiempo y proyectamos futuro. En ausencia de la posibilidad de articular palabra, no puedes articular el tiempo ni proyectar futuro. Sin palabra, sin relato, no podemos articular ningún proyecto esperanzador. Por tanto, cuando hablamos de esperanza, debemos asociarla nítidamente con la capacidad de articular la palabra. No es necesario el dominio de la palabra, pero sí la capacidad de articularla como para llegar a un esbozo de relato.
¿Qué nos ocurre hoy en día? Que las nuevas generaciones, llenas de competencias diversas, nuevas y que algunas nos sobrepasan, probablemente tengan un gran reto en la capacidad de narrar, en la capacidad de construir relato. Porque es cierto que el mundo que nos rodea, este mundo de las pantallas, emite ráfagas sostenidas y permanentes de mensajes visuales con carácter a menudo de presión emocional, de tener que reaccionar a cada uno de estos bombardeos, y se quedan mudos. En los mensajes fragmentados, permanentemente fragmentados, que reciben a través de los TikToks, de los Insta, incluso WhatsApps, en los que muchos no articulan palabra, solo copian emoticonos. Es cierto que en este contexto resulta difícil que estas nuevas generaciones puedan articular discursos o relatos con extensión, para expresar emociones complejas que van mucho más allá de lo que expresa un emoticono.
Es difícil, pero cotidiano, que se vayan dando circunstancias de ansiedad o crisis de ansiedad, algunos dicen de baja tolerancia a la frustración. Todo esto tiene que ver con cierta incapacidad para formular este relato que desde la perspectiva de lo que se ha dibujado hoy aquí es la clave para poder articular y pensar. Pero incluso ante circunstancias menores –no hace falta hablar de grandes retos que tienen por delante estos jóvenes, o ante situaciones estresantes que puedan vivir, o ante pequeñas frustraciones que pueden sufrir a lo largo de un proceso de aprendizaje en el que el nivel de exigencia no es muy importante–, uno puede estresarse en el sentido positivo, del estrés de lo que produce. Ante muchas de estas circunstancias, estamos percibiendo en el sistema universitario –y esto son estudios de salud mental transversales en las universidades, no es solo una u otra universidad–, que los estudiantes sufren este tipo de crisis más recurrentemente que generaciones anteriores. Alguien podría pensar que esta es una descripción de desesperanza. Esto es lo que vivimos en el día a día y tendría que ver, como una de las dimensiones intervinientes, con cierto abandono del enriquecimiento del lenguaje permanente y sostenido en el tiempo, como medio para poder construir proyecto futuro y que levanta esperanza. En la ausencia de la palabra, está claro que ocurren más crisis de todo tipo que en el trasfondo muestran que hay una situación, una vivencia de desesperanza de difícil canalización a través del lenguaje enriquecido por las palabras, y por el relato de dentro hacia fuera.
A un segundo nivel, es necesario poner el foco en la comunidad y la acción. El lenguaje-relato es la condición de posibilidad, pero es necesario cultivar este relato en comunidad o grupos de pertenencia. Empezar con los educadores del grupo más primario que hay, que es el grupo de la familia, el contexto de las familias. Hablamos en plural porque no se les escapa que hoy en día tenemos muchos tipos de estructuras familiares. Por tanto, desde el núcleo primario de protección y afecto, como es la familia, deberíamos hacer enormes esfuerzos en la calidad no utópica para poder tratar con los hijos, con las hijas, con el conjunto de la familia la construcción del relato de futuro y esperanzado. Ese cuentacuentos del abuelo de antes, que ahora difícilmente lo recuperaremos. No le pidamos después a la escuela lo que no podemos educar en la familia. La escuela no puede sustituir el impacto de la educación primera, de valores, de aptitudes, de esperanza, que nacen, que se cultivan en el contexto familiar. La escuela lo que puede hacer es complementarlo, pero no sustituirlo. Cuando ahora en las escuelas hemos querido prohibir el uso de las máquinas para evitar que la escuela reproduzca ese espacio de pantallas que queremos evitar, desde mi punto de vista, muy modesto, también nos estamos equivocando. Una cosa es hacer un uso regulado, pedagógicamente convincente, racional y oportuno. Otra cosa es querer evitar que la realidad más desgarradora entre en la escuela. Porque en el momento en que la realidad más desgarradora no entra en la escuela, estamos aislando la escuela de lo que nuestros niños viven en su contexto cotidiano. Y una de las funciones que debe tener la escuela es ‘domesticar’ como la imagen de Zorro y el Principito. Por ejemplo, domesticar estas herramientas, es decir, saber hacer su uso adecuado y regulado también en el contexto familiar sería clave… y así dar lugar a la conversación con nuestros hijos. Lo que no sucede si los primeros que estamos pegados permanentemente a las pantallas somos los adultos. En todo caso, también la escuela debe asumir el reto del cultivo del lenguaje, del cultivo de la estima, del amor, del cariño por las palabras para la construcción de relato.
Por tanto, la Esperanza se construye a partir del relato, se cultiva en comunidad y se concreta en la acción. La acción que hace de la esperanza una posición activa lejos de entenderla como quien ‘espera’ algo pasivamente, como el que espera el autobús.
Fragmentos de la aportación del ponente Jordi Riera
en la 256 Cena Hora Europea,
sobre La esperanza ante la desesperanza
