Pere Reixach
Especializado en Estudios del Pensamiento y Estudios Sociales y Culturales
Foto: Reinhard-Karl Üblacker en Pixabay
Data de publicació: 14 de setembre de 2026
Confieso que cada vez entiendo menos la fascinación por «actuar por la vía rápida». En un mundo tenso, acelerado y lleno de incertidumbres, parece que solo cuenta la capacidad de imponer, decidir rápidamente y avanzar sin matices. Pero me pregunto: ¿a qué precio?
Hace tiempo que me resuena una idea atribuida al empresario y filántropo americano John D. Rockefeller (1839-1937): «Cada derecho implica una responsabilidad; cada oportunidad, una obligación; cada posesión, un deber». No es solo una frase elegante. Es una enmienda a la totalidad a esta forma de hacer que identifica poder con legitimidad automática.
Yo no puedo evitar poner esta idea en diálogo con lo que el barcelonés, sacerdote, médico, filósofo, educador, doctor Alfred Rubio de Castarlenas (1919-1996) llama Realismo Existencial. Esta mirada no se evade ni se endulza: parte de la realidad tal y como es, con sus tensiones, fragilidades y contradicciones. Pero al mismo tiempo insiste en algo incómodo: toda acción tiene consecuencias humanas concretas, y alguien debe responder.
El Realismo Existencial se sostiene en una concepción antropológica exigente: «El ser humano es libre, inteligente y capaz de amar». Y esto no es una frase bonita, sino un criterio. Libre, porque puede decidir y, por tanto, no puede esquivar la responsabilidad. Inteligente porque puede comprender la realidad más allá de la simplificación. Y capaz de amar, porque el otro nunca es un medio, sino un fin.
Desde esa mirada, actuar por la vía rápida nunca es inocente. Puede parecer eficaz, incluso necesario en determinados momentos, pero a menudo simplifica lo profundamente complejo: las vidas que quedan afectadas, las heridas que se abren, las decisiones que no se pueden deshacer.
No se trata de negar el conflicto ni idealizar un mundo sin tensiones. El Realismo Existencial no va por ahí. Se trata, más bien, de asumir que el poder –sea político, económico o personal– no puede ejercerse de espaldas a esta triple realidad humana: la libertad, la inteligencia y la capacidad de amar.
Por eso, cuando oigo determinados discursos que celebran la contundencia como virtud en sí misma, me incomoda. Porque olvidan que detrás de cada decisión hay personas concretas, no abstracciones. Y porque confunden rapidez con acierto, y fuerza con razón.
Quizás no siempre se puede evitar «actuar por la vía rápida». Pero lo que sí podemos evitar es hacerlo sin conciencia. Sin hacernos cargo de lo que implica. Sin preguntarnos quién pagará su coste.
Al fin y al cabo, la cuestión no es si podemos hacerlo. Es si, realmente, nos lo podemos permitir.
Artículo publicado en el Diari de Girona el 27 de abril de 2026
