Reseña 260 Sopar Hora Europea
Fotografía: Esther Borrego
Fecha de publicación: 22 de junio de 2026
El jueves 21 de mayo, el Ámbito Maria Corral celebró el 260 Sopar Hora Europea para tratar y responder a la pregunta ¿Cómo humanizar la sociedad en estos momentos complejos? El presidente del Ámbito, Josep M. Forcada, dio la bienvenida a los asistentes y la moderadora, Montserrat Puigbarraca, dio la palabra a los ponentes.
La primera intervención fue a cargo del director de Docencia HSP y profesor titular de Medicina UAB, Hèctor Corominas Macias. Constató que continúa existiendo una realidad esencial que no ha cambiado desde los orígenes de la medicina: una persona que sufre y otra persona que intenta ayudarla. El paciente vive una experiencia de enfermedad, que puede tener significados muy diferentes según la persona, el contexto cultural o el momento histórico. La ciencia médica puede explicar cuál es el mecanismo de la enfermedad, qué tratamientos existen, qué probabilidades de respuesta hay. Pero las humanidades nos ayudan a entender otros aspectos: «¿Qué significa aquella enfermedad para aquel paciente? ¿Cómo experimenta el dolor? ¿Qué espera? ¿Qué teme? ¿Y cómo podemos acompañar? Destacó una frase del médico canadiense William Osler, que decía: «Es mucho más importante saber qué paciente tiene una enfermedad, que qué enfermedad tiene un paciente».
Hizo un recorrido histórico de la medicina desde la época griega hasta nuestros días. La medicina griega supuso una nueva manera de pensar. Con Hipócrates (460-370 aC) aparece una idea revolucionaria: la enfermedad forma parte de la naturaleza y, por lo tanto, puede ser observada y estudiada. Después de la caída del Imperio Romano de Occidente en 476 dC, Europa entra en el largo periodo de la Edad Media. Durante aproximadamente mil años, hasta el siglo XV, la medicina y la religión mantienen una relación muy estrecha. Los hospitales medievales no eran simplemente centros sanitarios, eran espacios de acogida, de asistencia y de cura.
Progresivamente, aparece una nueva confianza en la experiencia y en la observación. Es el inicio del método científico moderno. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, nace la medicina clínica moderna. Los hospitales se convierten en espacios de conocimiento. Hasta llegar a los siglos XIX y XX, en que la medicina progresa de manera espectacular. Microbiología, anestesia, radiología, antibióticos y cirugía transforman completamente la práctica médica. Pero aparecen también preguntas filosóficas: ¿Qué es exactamente una enfermedad? La salud deja de ser perfección. Pasa a ser capacidad de adaptación. Durante la segunda mitad del siglo XX aparece un gran desarrollo de las humanidades médicas. Actualmente, en el siglo XXI, vivimos una situación extraordinaria. La inteligencia artificial, la medicina personalizada y las nuevas tecnologías están transformando la práctica médica. El escritor T. S. Eliot (1888-1965) escribía: «¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?»
Acabó con una frase del médico Francis Peabody (1881–1927): «El secreto de la cura del paciente es preocuparse por el paciente». La definición clásica de salud de la OMS, recogida en el preámbulo de la Constitución de la World Health Organization, que entró en vigor el 7 de abril de 1948, dice: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad o de invalidez».
A continuación, el catedrático de la Facultad de Psicología, Ciencias de la Educación y del Deporte Blanquerna, Josep Gallifa Roca, presentó cuatro distopías, que alteran la realidad, y propuso algunos puntos como vectores ‘humanizadores’. La primera distopía, para abordar la dimensión psicológica de la humanización, es Un mundo feliz de Aldous Huxley, en que la humanidad vive una felicidad artificial, sin vínculos auténticos, sin conciencia crítica. Ante el condicionamiento psicológico podemos contraponer la psicología de los vínculos. El vínculo afectivo es el espacio donde la persona aprende que su existencia tiene valor.
La segunda distopía para la dimensión social es 1984 de George Orwell, que describe un sistema donde el poder controla la verdad, la lengua se manipula, el pensamiento crítico es perseguido, la sociedad se fragmenta y se aísla. La deshumanización es social y política. La historia muestra que siempre ha habido avances humanizadores: derechos humanos, abolición de la esclavitud, derechos de las mujeres, educación universal, derechos laborales, reconocimiento de la infancia, conciencia ecológica.
El poder de la comunicación puede contribuir a humanizar una sociedad. Vivimos en una época donde hay desinformación, fake news, saturación informativa, manipulación algorítmica. La palabra puede reconocer y reconciliar. Comunicar no es solo transmitir información; es crear relación humana y confianza. Vivimos una época con liderazgos a veces basados en narcisismo, agresividad y autoritarismo. Pero puede haber liderazgos humanizadores, que ponen la dignidad humana en el centro, con capacidad de generar sentido y esperanza.
La distopía de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury describe una sociedad donde los libros están prohibidos y quemados, el pensamiento profundo desaparece, las pantallas sustituyen la reflexión, las instituciones controlan el conocimiento, se ejerce la violencia. No es solo represión, es pérdida de profundidad cultural. Las organizaciones pueden ser vehículo de humanización y crear sentido de comunidad, fomentar la participación y reconocer la dignidad individual. Los proyectos colectivos pueden humanizar, crean identidad compartida, solidaridad, responsabilidad y esperanza. Se tiene que educar, cuidar, construir comunidad, proteger vulnerables, transmitir cultura, o sencillamente trabajar con honestidad. Respetar la maestría es también respetar el valor del tiempo, de la experiencia y del compromiso. La espiritualidad también puede ser fuente de humanización, como una apertura al sentido y a la interioridad.
Toda humanización profunda pasa por un despertar de la conciencia, que es el núcleo de la responsabilidad, de la ética, de la empatía y de la libertad humana. La formación como proceso de humanización, no solo instrucción o aprendizaje científico o académico, significa formación integral de la persona. Es el proceso por el cual una persona se forma como sujeto, desarrolla criterio, cultiva sensibilidad, integra pensamiento, emoción y acción.
La última aportación fue a cargo de la psicóloga especialista en clínica y directora del Comité de Ética Asistencial de Salud Mental BCN, Pilar Mariné Jové, que expuso que vivimos en un tiempo de ruptura, que afecta la manera como nos relacionamos, como trabajamos, como amamos y como nos sentimos seguros, que los psicólogos denominan distensión existencial: la sensación que el suelo que pisamos no es firme. Y cuando el suelo no es firme, los seres humanos tenemos tres respuestas naturales: huir, atacar o quedarnos paralizados, esto no nos humaniza.
Planteó la cuestión de cómo humanizamos una sociedad que tiene miedo. Humanizar es reconocer en el otro aquello que es irreductiblemente él. Su singularidad, su herida y su dignidad no depende de su utilidad. La palabra ‘humano’ viene del latino humus: tierra, suelo, aquello que es fértil. Ser humanos es, paradójicamente, aceptar que no somos invulnerables, que tenemos raíces que implican dependencia, fragilidad y necesidad del otro. En un mundo que venera la eficiencia, la productividad, la velocidad y la autonomía radical, la humanidad es casi subversiva. Humanizar es un acto de resistencia, que no nace de la ira sino de la ternura. Una resistencia que dice: Yo te veo. Tú importas. Aquello que sientes es real.
Presentó tres puertas para humanizar los tiempos reales. La presencia. Vivimos en la era de la distracción perpetua. Estamos físicamente aquí y mentalmente en mil lugares a la vez. Y el efecto que esto tiene sobre los otros es sutil pero devastador: hacen que te sientas invisible. El primer acto de humanización es radicalmente simple y radicalmente difícil: estar de verdad. La presencia es nutrición en un mundo que genera ansiedad.
La segunda puerta es la vulnerabilidad compartida. Nos humanizamos más cuando admitimos que somos frágiles. Según la investigadora Brené Brown, la vulnerabilidad no es debilidad, es el lugar de nacimiento de la creatividad, del amor, de la pertenencia y del coraje. Humanizar es crear espacios donde la verdad se pueda decir. La cultura de la autenticidad es el suelo donde crece la confianza, que es el fundamento de toda sociedad que quiere ser justa y sana.
Y la tercera puerta es el sentido. Tenemos información en abundancia y sabiduría escasa. Tenemos conexión digital y soledad interior. Tenemos libertad sin precedentes y una dificultad creciente para saber para qué. El sentido no se entrega en un manual. Se descubre en el diálogo, en la pregunta compartida, en la experiencia vivida y reflexionada. Aquí hay un papel crucial para la cultura, el arte y la belleza: la música, la literatura, el teatro, la danza no son lujos ni entretenimiento. Son las lenguas que hablan allá donde las palabras ordinarias no llegan. Son las vías por las cuales el sentido se encarna y se transmite de generación en generación. Una sociedad que recorta cultura recorta su propia humanidad. Propuso tres prácticas concretas de lo que podemos hacer cada uno de nosotros: La conversación de calidad, reconocer la dignidad de lo invisible y cultivar la propia profundidad. Finalmente, se concluyó la Cena abriendo el coloquio a los asistentes, con el deseo de contribuir a humanizar la sociedad y la realidad que vivimos.


















