La urgencia de afrontar éticamente los cambios

10c la-240-loungeriePor Josep M. Forcada Casanovas
Medico
Barcelona, octubre 2010
Foto: Loungerie

La afortunada expresión «ética de la penuria» era el título de un profundo artículo de José Luis Aranguren publicado en la Revista de Occidente el año 1980, en qué presenta, en forma de clamor reflexivo, una urgente manera de afrontar la vida.

En aquel momento y hoy más que nunca, nos planteamos un estudio de la compleja situación de nuestra sociedad en qué se aprecia una enorme falta de apertura a la solidaridad, especialmente en los delicados momentos de crisis, entre otros la económica, que provoca tanta penuria. Partiendo de unas propuestas lúcidas de Aranguren, intentaremos en este artículo ir más allá para desvelar unas respuestas a partir de la aportación de una ética que promueva la integración de los valores en la realidad social.

La penuria es causada por la mala distribución de los bienes, afirma Aranguren, «por una parte, en cuanto que el economía, así como la psicología y la sociología, condicionan la forma o especie de moral; por otra, en cuanto que la moral, directa o indirectamente, ha regulado o ha intentado regular esta distribución, la comunidad de bienes, el consumismo platónico, las utopías comunistas que han sido formuladas a lo largo de los siglos se han caracterizado, incluso el marxismo, por su evasión de la realidad; su función compensatoria era parecida a la de las religiones de supervivencia, pero menor».

La penuria explicada por Aranguren se sitúa en la globalidad social, en qué el ética del trabajo y de la producción deben ser revisadas para que no se produzca el contrasentido de que «la moral del enriquecimiento» –dentro del capitalismo– genera «la inmoralidad del empobrecimiento». El filósofo sostiene que «la denuncia moral de Marx es, como señala Max Weber, la de un mundo moderno que ha quedado vacío de espíritu, de este espíritu primero religiosomoral y a partir del siglo XVIII puramente moral que, procediendo del protestantismo calvinista, impulsó el activismo capitalista moderno. (…) Weber ve que el capitalismo victorioso ya no necesita el espíritu, tiene suficiente con las leyes económicas».

La «corrección» que necesita nuestra sociedad –en crisis permanente– es pasar de una economía consumista a una economía solidaria; y de una moral productivista a una moral en qué se cuente con el consumidor. Esta moral se debe basar no sólo en el bien de quien produce, sino también en el de quien consume, es decir, de todo el mundo.

El profesor Aranguren el año 1980 afirma que «la sociedad de consumo no se rige ya –en el mundo occidental– por el principio de necesidad, sino por el principio de placer»; constata, pues, que «ya no se vive para trabajar y producir, sino que se trabaja y produce para vivir, entendiendo por vivir, vivir bien y disfrutar.

La nueva pobreza

Se acerca una etapa histórica de pobreza, especialmente en Occidente, que pide una reestructuración de muchos parámetros que han hecho vulnerable la sociedad. Hace falta revisar muchas formas sociales, algunas de ellas basadas en la lucha de clases: ¿por qué hoy todavía hay tantas rivalidades entre estamentos sociales?, ¿por qué la divergencia sindical no se podría replantear con algún otro tipo de diálogo y propuestas que no se basen sólo en la confrontación? Quizás debamos promover ideas que generen recursos intelectuales y materiales. Quizás tendríamos que revitalizar el mundo agrícola sin dejar de lado el industrial. Quizás deberíamos promover nuevas formas de participación en el mundo empresarial. Quizás hace falta pensar una nueva economía familiar, menos individualizada y más comunitaria. Hará falta repensar muchas actitudes que se dan por buenas, cómo la capacidad de especulación o el crecimiento económico a cualquier precio. Quizás tengamos que dejar de vivir por sobre de nuestras posibilidades, recuperar el término «esfuerzo personal» y el colectivo.

Otro fenómeno habitual en la actualidad es reavivar hechos o circunstancias del pasado que han condicionado las realidades actuales de países, etnias, pueblos, grupos… La mayor parte de las guerras o discusiones se basan en el hecho de reabrir las heridas para hacer brotar una sangre que, en forma de memoria, crea abundantes resentimientos. También vemos reflejada la penuria ética en las debilidades de una justicia que genera unas actitudes adoptadas por muchas personas que, probablemente con buena voluntad, estarían dispuestas a pasar página con serenidad, pero que a menudo, toman unas posiciones violentas como respuesta a una llamada inteligente de muchos que piensan lo contrario.

Signos de violencia

La violencia quizás es un signo de la penuria ética de nuestro tiempo. La persona que piensa diferente a uno se hace lejana, tanto que incluso se puede hacer despreciable, y, como sabemos, la forma más clara del desprecio es la eliminación. Violencia de género, de las bandas juveniles, de grupos fanáticos, de etnias, de países o de individuos a quienes, en su individualismo, importa muy poco perder la vida, y que incluso piensan que hacen un bien eliminando la vida de los otros. En muchos casos se hace la guerra a través de los medios de comunicación como una anécdota o un espectáculo, que inducen a contabilizar mentalmente las víctimas como perdedoras sin dar más importancia. Las guerras se llegan a ver como un juego lejano entre buenos y malos, y uno se convierte en espectador –principalmente desde los medios- y relativiza incluso el dolor.

Una sociedad líquida

La penuria en los vacíos sociales acostumbra a conducir a la vivencia de una sociedad líquida, en qué el relativismo exagerado desprovee de la consistencia mínima de la sociedad, para que no haya contenidos aceptados por todos, en qué unas mayorías callen, se conformen, aunque no estén de acuerdo y den por bueno todo lo que se les ponga en frente. Todo se escurre de las manos. La sensación de que no hay nada que valga la pena lleva a una impresión de vacío que afecta a gran parte de la sociedad actual.

El relativismo ante el concepto de persona es duro. Tanto da que los demás existan o no, que sean próximos o lejanos, o, peor todavía, que estén vivos o muertos. El encanto de sentir la belleza de existir no dice nada a muchos. No ven la sonrisa de un niño o de una persona mayor. Dejan morir el existencia de los demás por falta de entusiasmo para vivir su propia vida. Cuántos no saben aprender a ser, pero no se olvidan del tener…

Hay mucha fuerza interior en la persona, que no se usa. No es bien visto por un gran sector de la sociedad. Muchos creen que la capacidad espiritual está reservada a unos cuántos que no tienen los pies en la tierra. Muchos en esta situación de crisis desnudan el concepto de persona reduciéndolo a pura racionalidad o quitándole cualquier trascendencia.

La alternativa que Aranguren propone, aunque hace treinta años, continúa siendo válida hoy: «ante el consumismo, no la renuncia, sino una nueva moral del deseo, del gozo, del placer, sí, pero puesta en los bienes que están al alcance de todos (…)». Él la denomina ética estética.

Aranguren concluye su artículo considerando que «ante la vida intensa que se mueve entre los dos polos frenéticos del negocio y la diversión, hay el reposo, como posibilidad que el poso de la vida se vaya depositando en el fondo de nuestra alma». Para poder revivir la vida se debe «poder llegar a constituir el núcleo central de una actitud y una moral nada programada, la posibilidad de la cual sea abierta a la nueva situación económica de desabastecimiento, de relativa escasez, de penuria».

La alternativa que Aranguren proposa, encara que fa trenta anys, continua sent vàlida avui: «davant el consumisme, no la renúncia, sinó una nova moral del desig, del goig, del plaer, sí, però posats en els béns que són a l’abast de tots (…)». Ell l’anomena ètica estètica.

Aranguren conclou el seu article considerant que «davant la vida intensa que es mou entre els dos pols frenètics del negoci i la diversió, hi ha el repòs, com a possibilitat que el pòsit de la vida es vagi dipositant en el fons de la nostra ànima». Per a poder reviure la vida s’ha de «poder arribar a constituir el nucli central d’una actitud i una moral gens programada, la possibilitat de la qual sigui oberta a la nova situació econòmica de desproveïment, de relativa escassetat, de penúria».

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