Las enfermedades del ser. Elementos para sanar la propia raíz (2)

Leticia Soberón Mainero

Licenciada en Psicología

Junio ​​2022

Foto: Pixabay

¿Por qué las enfermedades del ser?

Las escuelas humanistas de psicología iniciadas por autores como Carl Rogers (EE.UU.) señalan que la imagen de uno mismo es el «organizador» de todas las demás experiencias. De esta forma, si uno tiene una imagen gravemente distorsionada de él, su percepción del mundo y su relación con los demás también estarán distorsionadas. En otras palabras, la persona es más sana cuanto más convergen en ella lo que es, lo que cree ser y lo que desea ser. Correlativamente, será más patológica si existe mayor divergencia entre estos tres elementos. Carl Rogers cita a Kierkegaard, que invitaba a cada uno a «ser la persona que realmente es».

Esta intuición me parece muy iluminadora y puedo verla día a día en la experiencia personal y terapéutica. Además, tiene varios ámbitos de validez. Sin duda, uno de ellos es el de la «fenomenología psicológica»: lo que soy (que sería más bien el «cómo soy»), la autoimagen que he construido de mí mismo y lo que deseo ser.

Pero un ámbito de validez más profundo se descubre a la luz de lo que el doctor Alfred Rubio de Castarlenas, médico barcelonés, señaló en 1980: la importancia de conocer y aceptar lo que somos en el plano del ser. Es más evidente y más básico que el plano psicológico. Advierto aquí que es importante comprender el nivel en el que nos encontramos, más allá de la anécdota de nuestras historias concretas. Se trata del nivel óntico, el de la existencia. Es como mirar una radiografía de mi ser en su esqueleto básico, más allá de la anécdota.

El doctor Rubio acuñó el concepto de «enfermedades del ser», referidas al malestar que emerge del rechazo que existe en algunas personas respecto a una o varias características básicas de la condición humana que les son propias. Él las llama del «ser», precisamente porque se refieren a la forma concreta que cada uno de nosotros tiene de existir en el universo. Como «condición humana», entiendo el hecho de que cada uno de nosotros tuvo un principio; antes no existíamos y, en un momento dado, se inicia nuestro ser, al juntarse dos células que dan lugar a nuestro concreto e irrepetible código genético. Ninguno de nosotros se dio a sí mismo la existencia y, además, podía no haber existido si cualquiera de las cosas que incidieron en nuestro origen hubiera sido diferente.

Tenemos y somos un cuerpo, con rasgos concretos, engendrados en unas circunstancias que no elegimos, como fruto de una historia más o menos esplendorosa o dolorosa, y en una determinada cultura. Nuestras capacidades, por amplias que sean, son limitadas: tanto física como anímicamente, artística o intelectualmente. Además, tenemos la posibilidad de enfermar y somos mortales; en una palabra, con referencia filosófica, somos «contingentes». Estas coordenadas ónticas no las escogimos. Son el dato de entrada de nuestra concreta realidad existencial. Constituyen la sorprendente constelación de nuestra existencia concreta y son el punto de partida para cualquier aventura o desventura que podamos vivir. Puede que el primer acto de libertad de un ser humano sea precisamente esa aceptación (por definición, a posteriori) de lo que ya soy, para lanzarme a construir lo que deseo llegar a ser.

Hay personas que viven toda su vida rechazando alguno o todos estos aspectos de su existencia, o lo que es lo mismo, «son» sin querer ser ellos mismos. Aquí no nos referimos a las circunstancias más o menos felices que puedan constituir nuestra historia y que explican muchos de nuestros comportamientos y conductas, sino que nos referimos a la raíz de nuestro ser. En otras palabras, a la forma de existencia concreta que tengo yo y cada uno o cada una de nosotros.

La aportación del doctor Rubio se inscribe dentro de la corriente existencialista que revolucionó la filosofía, acentuando y valorando, más que las ideas, las realidades existentes. El existencialismo dio un vuelco al idealismo y al racionalismo cartesiano, obligándoles a ponerse de pies en el suelo. Sin embargo, produjo una gran dosis de angustia en muchos de sus seguidores, porque interpretaban la existencia desde la evidencia de la muerte, y esta, para ellos, desnudaba totalmente de su encanto la globalidad de la vida. Querían, por así decirlo, «lo absoluto» del ser y se sentían mal por no poseerlo.

Por su parte, el doctor Rubio valora la vida desde su origen: ve que podía no haber existido, que había millones de posibilidades en contra y, sin embargo, él concretamente existe. Esta evidencia le hace, ante todo, sorprenderse; y pasa de esa sorpresa a abrazar y acoger al ser que es, con todos sus límites. Esto lo llama «humildad óntica» como actitud realista de acogida consciente, libre y alegre, de todo lo que configura su ser contingente. Soy quien soy y cómo soy, o, simplemente, no soy nada. En este «cómo soy» está toda la maravillosa galaxia de mis posibilidades, siempre en relación a otros y situadas en un momento histórico. Supone el existencialismo, pero le invita a avanzar a través de la reconciliación con el propio ser, sin recurrir a nada que no sean las evidencias y experiencias humanas. Cada persona tiene inmensas capacidades que puede desarrollar, si no pierde el tiempo en desear imposibles.

Antes de señalar algunas enfermedades, vayamos a las preguntas frecuentes que suelen aparecer frente a este tema. Esta aceptación del propio ser, no produce pasividad, sino que nos arroja a una entusiasta creatividad y nos aleja de estériles lamentaciones. Además, esta aceptación no limita nuestros horizontes, sino que nos hace capaces de soñar con cosas posibles, aunque sean arriesgadas, grandes o intrépidas, y alcanzar mucho de lo soñado. Una actitud humilde tiene la fortaleza de lo auténtico: la humildad es andar en la verdad.

Extracto de la ponencia presentada por la autora de este artículo en el Seminario «Patologia dels sentimients. Claus per a un benestar emocional» organizado por el Àmbit Maria Corral en 2005. Seguirá un extracto más.

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