Jordi Riera Romaní
Doctor en Pedagogía
Foto: geralt7 (Pixabay)
Fecha de publicación: 18 de mayo de 2026
La cuestión de la esperanza tiene también que ver con el vínculo, tiene que ver con la comunidad. Por tanto, es cierto que cuando uno se acerca a determinadas soledades, a vivencias de abandono, a situaciones solipsistas, la desesperanza penetra y reina. Cuando nos acercamos a los demás, siguiendo al filósofo Paul Ricoeur, recordarán aquella idea tan bonita del otro como a mí mismo, y profunda. Porque supone entender que nuestro yo está íntimamente vinculado con el otro y casi nace con el otro. Pues bien, esto es comunidad. Esta necesidad de que la esperanza se cultiva en comunidad es otra de las claves de vuelta que deberían estimularnos a todos a mantener comunidades.
Nuestros niños, encerrados ante cuatro herramientas en su propia habitación, en un contexto solipsista, aunque digan que se conectan vía comunidades virtuales a terceros, nada sustituye a la comunidad presencial en el sentido de la autenticidad de la relación de las presenciales respecto a dichas comunidades virtuales. Así ya no sabremos en breve con quien estamos hablando. La autenticidad de estas relaciones en el marco comunitario es insustituible. Por tanto, el aula de hoy, el aula de la escuela, el aula de las universidades debe promover con mucha fuerza pedagógica y convicción el sentido comunitario del aula. Y esto no es tan frecuente. Es difícil construir esperanza en solitario y debemos cultivar la construcción social y el sentido último de estar esperanzados porque hay sentido de pertenencia y porque también existe un sentido de orgullo en las comunidades y respecto a las comunidades a las que uno pertenece. La esperanza necesariamente pasa por la comunidad.
A menudo suelo decir a mis compañeros de trabajo, que no estamos aquí para ver cómo las cosas pasan, estamos aquí para hacer que pasen. Esta es una reflexión de conciencia plena de que lo que no hacemos que pase no va a pasar. Y que, si estamos en un lugar tan extraordinario, como es el mundo educativo, el mundo de la formación de las nuevas generaciones, nosotros podemos ir mirando cómo ocurren estas generaciones. Pero se trata de que ocurra algo que para estas nuevas generaciones sea altamente significativo. En la universidad, en otros casos, debemos ganar significado de la vivencia de estar con los demás. Si estamos con los demás, pero no pasa nada, finalmente dejaré de sentirme perteneciente a esa comunidad. Por tanto, las comunidades no son el refugio definitivo, lo son la acción que debemos tomar. El pedagogo Paulo Freire, cuando escribía la Pedagogía de la esperanza, decía que la pedagogía de la esperanza no es quedarse mirando, sino es transformar permanentemente lo que queremos proyectar como futuro, porque, al fin y al cabo, la esperanza es eso, proyectar futuro para uno, para los demás, para todos.
Otro filósofo, Byung-Chul Han, oriental, venido a una universidad alemana, muy prolífico, ha escrito El espíritu de la esperanza y dice que, para activar la esperanza, necesitamos vivir la desesperanza. Esto es chocante pero iluminador. El doctor Octavi Fullat dice: «Aprender es una magnífica combinación entre disfrutar y sufrir». Y en el fondo, detrás de eso, hay un mensaje, que es que no podremos aprender nada con solo disfrutar. En algunos momentos debemos pasar por el sufrimiento. Lo mismo ocurre con la esperanza. Si no existe ese sufrimiento vivido de ‘desesperanza’ que en algunos momentos experimentamos todos y todas, es que no se mueve nada. Y si nada se mueve, no hay aprendizaje ni posibilidad de construir mundos más esperanzados.
Fragmentos de la aportación del ponente Jordi Riera
en el 256 Cena Hora Europea, sobre “La esperanza ante la desesperanza”
