Josep M. Forcada Casanovas
Foto: Thilina Alagiyawanna en Pixabay
Fecha de publicación: 14 de septiembre de 2026
«El cuerpo, ese guiñapo, tiene una importancia, un valor, que merece que se piense en él». Así comienza el biólogo André Giordan el segundo capítulo de su libro Mi cuerpo, la primera maravilla del mundo. La frase es de Molière. No sabemos el porqué de este tipo de exabrupto, quizás porque pretende que desplatonicemos un poco la dualidad cuerpo/espíritu.
No es necesario decir que ha habido muchas personas que han sobrevalorado de tal modo el espíritu que les ha parecido que el cuerpo no sirve para otra cosa que para aguantar el espíritu, ya que consideran que el cuerpo es como un receptáculo y motor de pasiones. Otros se pasan toda la vida sometiéndolo para tenerlo a raya, sin disfrutarlo ni sentirlo. Fácilmente se admite el dolor y el sufrimiento, pero no el disfrute, quizás por el riesgo de caer en extraños hedonismos.
Toda la belleza de la creación es incomparable con la belleza de un ser vivo. En cada ser humano existen células, tejidos, órganos, rostros, manos, pies…, todo tiene un contenido maravilloso. Todo el mundo dispone de cualidades estéticas, quizás muy cambiantes entre unos y otros, y también según la perspectiva de cada época.
El drama aparece cuando el ser humano pone unos cánones y dice, por ejemplo: no podemos tener arrugas, no podemos tener canas, los dientes deben ser perfectos, no podemos engordar-nos… Entonces es cuando podemos afirmar que nuestro cuerpo responde a los cánones de belleza. ¡Cuánta manipulación de la belleza corporal!
La moda femenina y masculina ofrecen una imagen que tiende cada vez más a mostrar lo que hay debajo de la ropa. La vista se recrea fácilmente en los elementos estéticos superpuestos: vestidos, joyas, piercings, tatuajes, que ayudan a explicar la corporeidad.
Ciertamente se debe cuidar el cuerpo para que funcione bien y no castigarlo maltratándolo absurdamente: el tabaco, no dormir, comer inadecuadamente, el estrés, etc. Ser conscientes del cuerpo significa amarlo más, sentirlo más, tratarlo con más delicadeza y cuidarlo. Es lo único que tenemos y no es recambiable, tampoco es una caja del espíritu, ya que este, sin cuerpo, no existiría.
Este cuerpo amigo debe poder acompañarse con la dignidad que se merece, sin miedo a que se desboque. Es la inteligencia la que se desboca, normalmente por una carencia de formación.
El lenguaje del cuerpo tiene su bondad y participa plenamente de la pulcritud de espíritu. Este ‘guiñapo’, como dice Molière, es lo mejor que nos puede haber pasado. Cada cuerpo es el más hermoso, porque es único e irrepetible. Claro que se puede retocar, corregir…, sí, pero amándolo. Es necesario educar al cuerpo para tener conciencia de su fragilidad. Hay que aprender a aceptar el propio cuerpo escuchándolo a través de los sentidos.
