Pere Reixach
Especializado en Estudios del Pensamiento y Estudios Sociales y Culturales
Foto: peggy (Pixabay)
Fecha de publicación: 22 de junio de 2026
Me di cuenta de que algo no iba bien el día que oí decir, con total naturalidad: «Ya es demasiado mayor para eso». No había mala intención aparente, solo una frase más, una de esas que pasan desapercibidas. Pero me quedó resonando. ¿Qué significa exactamente «demasiado mayor»? ¿Demasiado mayor para vivir, para aprender, para decidir? El edadismo –esta discriminación por razón de edad– es sutil, cotidiano y profundamente arraigado. Aunque también afecta a los jóvenes, especialmente en el ámbito laboral por la falta de experiencia, hoy me permito poner el foco en la gente mayor, que a menudo queda relegada a una invisibilidad silenciosa. No siempre se manifiesta con rechazo explícito; a menudo se disfraza de protección, humor o costumbre. Hablamos de la gente mayor como si fuera un colectivo homogéneo, los simplificamos, los infantilizamos o, peor aún, los borramos del relato social. Y lo hacemos con palabras que parecen inofensivas, pero que construyen una mirada sesgada.
Recientemente descubrí el Glosario sobre edadismo, publicado por la Fundación «la Caixa», y me incomodó –dicho en el mejor sentido–. Reconocí expresiones que yo mismo he utilizado. Palabras que, sin querer, reducen una persona a su edad. Ese Glosario no es solo una lista de términos: es un espejo incómodo que nos obliga a revisarnos. Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud, con la productividad y con la inmediatez. Todo lo que se aleja de ella parece perder valor.
Pero, ¿de verdad queremos una sociedad que descarta la experiencia, la memoria y la pausa? ¿Qué futuro estamos construyendo si solo celebramos una etapa de la vida? El edadismo no solo perjudica a las personas mayores; nos empobrece a todos como comunidad. Porque, en el fondo, si tenemos suerte, todos llegaremos a mayores. Y entonces queremos ser mirados con dignidad, no con condescendencia. Tomar conciencia es el primer paso. Revisar nuestro lenguaje, también. Escuchar más y presuponer menos. Reconocer la singularidad de cada trayectoria vital. Y, sobre todo, dejar de asociar valor con los años.
Me gusta pensar que todavía estamos a tiempo de cambiar esa mirada. Que podemos construir una cultura que no excluya por edad, sino que integre todas las etapas de la vida como partes igualmente valiosas. Como escribió Simone de Beauvoir: «No nacemos viejos: nos volvemos». Y en este proceso, la sociedad tiene mucho que decir. George Orwell advertía que «el lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable»; quizás hay que añadir que también puede hacer que la discriminación parezca normal. Y quizá, al final, se trata de lo que decía Mercè Rodoreda: «La madurez no es un estado, es un camino». Un camino que todos recorremos, y que merece ser vivido –y respetado– en cada paso.
Artículo publicado el 5 de abril de 2026 en el Diari de Girona
